Año 1989…Pero esperen, para que no se pierdan, voy a contarles algo primero.
Me llamo Cameron Cobain, tengo 21 años. Nací en Argentina junto con mi hermano, pero mi padre está erradicado en los Estados Unidos, así que el mayor tiempo de mi vida lo paso allá. Como verán, mencioné a solo uno de mis padres, pero si les sigo contando… bueno, lean estos maravillosos recuerdos que recopilé de mi mente, junto al hombre más perfecto del mundo, que hizo pasarme unos años preciosos a su lado, a pesar de todo.
Era tarde, muy tarde. Oh Dios, oh Dios, mi vestimenta no estaba lista y no tendría tiempo luego para ir a buscarla a la tienda en donde la habían confeccionado. ¡La competencia sería en tres horas, ya tendría que estar allá! Agarré mis cosas, no tenía tiempo para ver si me olvidaba de algo, mal pensamiento. Aún así, con el pelo mojado y llenísima de bolsos y cosas encima, tomé un taxi, o eso supongo que era. Ni siquiera podía ver a que me había subido, que locura.
¡Qué tráfico por el amor de Dios! Estaba muy nerviosa, además de que en un poco más de dos horas competiría frente a una cámara de un reconocido canal de deportes, mi intuición femenina me decía que algo andaba mal; ¿Algo me habría olvidado? Ni lo quería pensar.
Apenas llegue, mis entrenadores estaban esperándome, nerviosos, pero no enojados. Ellos entendían mi ritmo de vida.
-Rápido, ve a cambiarte que necesitas salir a reconocer la pista.-
-Quiero ver que tan linda te ves con ese traje.-
Mis entrenadores lograban lo que yo no quería, sonrojarme.
-Vamos Joe, es solo un traje, el público solo tiene que pensar que yo soy el personaje al que interpreto.-
Algo me desconcentró. Alguien me saludaba, ¿Quién era?
-Hola Cameron. Estoy hace bastante aquí esperando ansioso que te cambies, mi tía no quiso decirme nada acerca del personaje que interpretarías esta vez.-
Claro. Era el sobrino de Jenny, mi otra entrenadora. Se llamaba Roger, era de pelo oscuro y lacio, con hermosos ojos verdes, pero no tan claros. Lo conocía desde que éramos pequeños y yo recién empezaba a patinar. Éramos grandes amigos.
-Hola Roger. No pensé que esta vez ibas a venir. Ya verás cuando salga a la pista. Vale la espera.- Esbocé una pequeña sonrisa, tratando de igualar la felicidad que traía él consigo, aunque no sabía el motivo, no podría.
-¡Déjate de amores y ve a cambiarte!-
-Marian, yo no tengo amores. Tú me conoces bien.- No me gustaba que dijeran cosas que no eran ciertas, o las inventaran por algún motivo.
-Está bien entrenadores, Joe, Jenny, Marian, ¡a ganar se ha dicho!- Hice un gesto de ejército, la mano estirada en mi frente. El clima se contempló de lindas risas, pero era hora de irme.
No era de ser egocéntrica ni nada por el estilo, pero ese traje era realmente lindo. Era un logro ya que la mayoría de las veces, yo no me complacía conmigo misma. Eso me inspiraba más.
Salí a la mirada de mis entrenadores, y Roger.
-¡Qué te dije!-
-Será ‘qué te dijimos’, Jenny.- Joe siempre tan peleador.
-Dejen de pelearse, todos me dijeron cosas lindas.- Amaba sus risas, amaba ver a la gente reír.
-Te vez tan hermosa querida.- Los tres me dieron un fuerte abrazo. Harían que una lágrima se me escape, otra cosa que no quería.
-Sí tan solo tu madr…- A Marian siempre se le escapaba algo.
-Está bien Mari, no te preocupes. Yo también quisiera que ella pudiera verme.- No seguí. Una pequeña gota de dolor y tristeza calló de mi ojo, pero no dejé que pudieran verla.
Tenía la mirada de Roger siguiendo mi cuerpo desde que había salido del baño. Me intimidaba demasiado.
“A reconocimiento de pista las señoritas de la categoría…”
-Ve. Es tú categoría.-
Salí a hacer lo que más me encantaba hacer, patinar. Allí podía expresar todos mis sentimientos, todo lo que sentía, si estaba bien o mal. Era hermoso.
Visualicé a alguien. ¡Qué feliz que me hizo ver a esa persona! Aunque tenía muchísimas ganas de ir a saludarlo, no podía salir de la pista. Me concentré y seguí, más feliz que antes.
Apenas terminé el reconocimiento de pista, patiné lo más rápido que pude.
Que bien que me hizo ese abrazo, era lo que más necesitaba.
-Brian, pensé que no vendrías.- Estaba a punto de llorar, ¿Por qué estaba tan sensible?
-Nunca te fallaría hermanita.-
Mi hermano mayor siempre estaba junto a mí, a pesar de que nos veíamos casi todos los días, siempre lo extrañaba. De chicos siempre íbamos juntos para todos lados, aún frente a las peleas, siempre tuvimos ese cariño de hermanos, que es inigualable.
Luego vinieron mis entrenadores a romper el encanto, pero debían hacerlo.
-Me alegro de que hallas venido Brian.-
-Gracias Jenny. No dejaría sola a Cameron en los momentos más importantes, ni pensarlo.- Él era de cuidarme mucho.
-Lamentamos molestarlos, pero debemos irnos Cameron, ya casi es hora.-
Nos dimos un fuerte abrazo. Luego partió para el lado de las tribunas, junto a Roger. Lamentablemente él no se podía quedar en mi lado.
-Vamos, tienes que salir a la pista y…-
Estaba haciendo un miramiento muy minucioso hacia el lado de el público, buscando a una persona que sabría que aún así, habiéndomelo prometido, no iba a venir; mi padre.
-…Cameron, ¿Me estás escuchando?-
-Sí Joe, salir y dar todo de mí, ya lo sé.- Le sonreí tratando de ocultar los pensamientos que invadían mi mente.
De repente, veo a alguien vestido con un sobretodo negro junto a unos lentes, esos que me encantaban a mí; cuadrados a la altura de las cejas y redondos hacia abajo. Venía junto a dos hombres, súper fortachones, parecían monos, grandes gorilas. Me hizo reír. Definitivamente eran grandes al lado de esa persona que parecía tan cuidadoso, especial. ¿Quién sería?
-¡Cameron, ya vas tú!-
Mis pensamientos se vieron fuera de todo esto. Era la hora. La hora de dar todo de mí en esa pista de patinaje sobre hielo, y ver que veían los jueces de mí…
…Oh Dios, me había caído. Mi mano me dolía demasiado. Tenía que seguir, tenía que seguir… No quería arruinarlo todo por una estúpida mano, ¡maldito dolor!
Terminé de una vez. Fue casi perfecto, a pesar de esa caída. Sabría que la tendrían muy en cuenta.
Levanté mi mano para que venga la médica, mi mano me lo pedía a gritos. La sangre me hacía poner más nerviosa aún, me impresionaba y hacía que me agarraran escalofríos.
-‘¡¡Miren quién está ahí!! AAAAAH.-
De repente, se escucharon millones de gritos. A la médica y a mi nos llamó la atención antes de que me saquen de la pista. Estoy segura que todos lo notaron por como gritaban.
¡Dios, que gritos más ensordecedores! Me ponían de mal humor.
Logré visualizar de qué miles de personas salían a correr a ese hombre con los dos ‘monos’ como… ¿Guardaespaldas serían? Me intrigaba mucho, demasiado. Quería saber quién era tan especial como para que más de la mitad del público cancelara un evento de patinaje para seguirlo. Estaba sumamente enojada.
-Salgamos de esta pista por favor. La sangre me pone nerviosa.- Le pedí a la médica, que parecía muy feliz por lo que parecía haber visto.
Al fin estaba fuera. Mi puntaje tendría que ser dicho, aunque yo no esté presente.
-¡Estuvo precioso! Quédate tranquila por la caída Cameron, fue genial.-
-Necesito a mi hermano, no me siento muy bien.- Se me veía pálida, sin ánimos.
-Él está viniendo en camino querida. Tranquila.-
Miré mi cuello. Lo que imaginé…
-Hermanita, ¿Estás bien?- Me abrazó.
-No me dijiste que no la tenía, sé que lo notaste.- Dije esto mientras me toqué el cuello. Yo supe que él entendió al instante.
-Em, Cameron… No quise decirte nada. Sabría que te pondrías muy mal y no querrías haber hecho nada.-
-¡Tú sabes que es muy importante esa cadenita para mí! Me la dio mamá en sus últimos momentos. Siempre la llevo conmigo, y no sé porque me la he olvidado.- Traté de no hacerlo, pero sí, me quebré en llantos.
-Sí, lo sé. Pero te aseguro que ella te ha estado dando suerte desde donde esté.-
-¡Sí, pero ella no está aquí!-
Con eso me levanté y salí afuera. Necesitaba despejarme un poco, y nadie me lo impidió. Ya sabían que no tenían que hacerlo.
Al salir, alguien me tocó el hombro desde atrás. Tenía una respiración muy agitada y corta. Tenía la sensación de haberlo visto en otro lado, esos lentes…
-Siento lo de tu caída, y siento haber molestado tanto. Sentí tu enojo hacia mí como hacia las demás personas.
Déjame ver como está tu mano.-
Esa persona agarró mi mano, pero no podía concentrarme y recordar quien era.
Su olor me hipnotizaba, obstaculizando todos mis pensamientos; su mano era como una suave seda sobre mi herida, parecía poder curar todos mis dolores.
Noté su mirada sobre mi cara. Subí la mía sobre la suya, hasta que millones de personas vinieron corriendo, gritando y saltando extrovertidamente, haciendo perder esa conexión tan maravillosa que habíamos logrando en cuestión de minutos.
-Lo siento, debo irme. Espero verte de nuevo. Adiós Campanita.
Miles de personas pasaron corriendo, mientras las risas de ese hombre se escapaban a lo largo del pasillo.
¿En qué estaba pensando? ¿Por qué dejé que ese hombre desconocido me toque la mano? ¿Quién era? ¿Por qué había causado que piense todas esas sensaciones absurdas y sin sentido? Definitivamente, la caída y la sangre me estaban trayendo alucinaciones.
¿Ese hombre existía? Sí, claro que sí. ¿Por qué mi protagónico de Campanita lo había hecho sentir tan bien? No lo sé, pero millones de preguntas rondaban en mi cabeza, y quería despejarlas…

Esta muy lindo tu relato, espero que te animes a seguirla, suerte, tu fiel lectora :)
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